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sábado, 2 de enero de 2016

El Guardián de la Tierra (II)

   Lucio huía.
Sus pies se movían por inercia, escapando de algo que ni el mismo comprendía. No paraba a dormir, ni a comer y su único objetivo era continuar hacia delante, sin saber muy bien hacia donde se dirigía o por cuanto tiempo había estado caminando. Su último recuerdo nítido era que había dejado tirado a Samus en aquella taberna en medio de ninguna parte. Después, nada. Solo camino y más alcohol, aunque este se le había acabado hacía ya mucho tiempo, dando rienda suelta al caos de dolorosos recuerdos que se arremolinaban en su mente. Los últimos momentos que pasó con su amigo, su hermano. El miedo, la confusión, los llantos ¿hasta cuando tendría que estar así? Teniendo en cuenta de que era inmortal, se imaginaba que durante el resto de su existencia.
  Aun le parecía increíble que estuviera muerto. Se había acostumbrado con tanta facilidad a su compañía que el saberse solo de nuevo era algo que no quería aceptar. Sólo quería echarle las culpas a cualquier cosa que se le pusiera delante. Al destino, al rey loco, al propio Avalon, a Helienne.
Se detuvo en seco al recordar ese nombre. Apretó los puños hasta clavarse las garras en las palmas de las manos. Ella era la única culpable de todo esto. Menuda Diosa estaba hecha si no había podido evitar que naciera alguien como Alastor. Solo se había dedicado a sentarse y observar, dejando que los humanos lucharan entre sí por promesas absurdas y causas delirantes. Si Avalon estaba muerto fue porque ella le dejó. O tal vez, porque él no fue lo suficientemente fuerte como para salvarlo.
   Aquel pensamiento le traspasó la mente como un rayo, consiguiendo que por unos momentos se tambaleara de la impresión. Culpar a los Dioses no serviría de nada, a ellos no les importaba el destino de los hombres. Para ellos solo eran seres molestos que les adoraban y se rendían a sus designios. Eso eran los humanos para los Dioses; pero no para él. Había convivido con ellos, se había integrado como uno más y había aprendido mucho de lo que cada uno tenía que ofrecer. Lo acogieron a pesar de sus obvias diferencias. Hasta llegó a sentirse un humano, como una efímera fantasía para huir de lo que realmente era. Y ahora, que la realidad le golpeaba fuertemente, no quería aceptarla.
Sus pies volvieron a moverse, pero esta vez empezaron a correr a una velocidad sobrehumana.

   Lucio huía de nuevo. Quería dejar todo atrás y escapar de la culpa que no dejaba de perseguirlo. Más, más rápido. Todo lo que le permitía su poder y sus piernas sin detenerse ante nada. Rompía las ramas que se encontraba en su camino a zarpazos, saltaba las piedras y las raíces con sus agudos reflejos y evitaba cualquier incauto animal que tuviera la desgracia de cruzarse en su camino.
Sabía que era estúpido, pero era lo único que se le ocurría hacer. Culpar a otros no le haría sentirse mejor porque en el fondo de su alma siempre se estaría culpando a si mismo. Él pudo evitar que Avalon fuera solo a la batalla, pudo haber hecho mucho más por él. Pudo haber salvado a su amigo.

   Lucio paró de correr justo a tiempo.
A sus pies, se abría un escarpado acantilado rematado en puntiagudas rocas erosionadas por el ir y venir del bravo oleaje que las embestía. Dio un paso atrás temeroso, conteniendo el aliento de la impresión. Por poco y caía en picado. Cerró los ojos intentando calmarse, concentrándose en su respiración irregular tras la carrera y los fuertes latidos de su corazón acelerado. Correr no era la solución, tampoco culparse ni enfadarse con él mundo. ¿Qué podía hacer?
   A sus oídos llegó el suave rumor de las olas, una delicada brisa marina jugueteaba con su pelo y el olor a sal inundó sus sentidos. Todos los músculos de su cuerpo se relajaron de golpe y hasta exhaló un suspiro de satisfacción. Su ritmo volvía a ser normal. Sentía una calma conciliadora que era capaz de dejar todo lo malo a sus espaldas. Abrió sus ojos rojos al mundo y la claridad le golpeó con fuerza.  
   El mar Estrando se abría ante él como una gran masa de agua cristalina que se extendía hacia el horizonte, mucho más lejos de lo que su vista podía alcanzar a ver. Unas ruidosas gaviotas graznaban por encima de su cabeza, meciéndose en el cielo con las caprichosas corrientes de aire. Respiró hondo, impregnándose de la magia que manaba de aquel maravilloso lugar. Parecía que había caminado bastante. No sabía exactamente en que punto de la costa estaba pero llegar al mar significaba el final del viaje, el final del reino. Observó el paisaje con aire melancólico. Aquellas vistas le traían buenos recuerdos. No de los dolorosos que había rememorado todo ese tiempo. Eran felices, de años mejores.

   – ¡Corre, Lucio!- gritó Avalon adelantándose a su compañero –. ¡Mira que hermoso es! ¿No te parece increíble?

   Lucio esbozó una sonrisa ladina. Se acercó lentamente hacia su amigo hasta llegar a su lado y contemplar con él la maravillosa vista del mar Estrando desde el acantilado. Las aguas brillaban claras y cristalinas bajo la luz del Sol. La suave brisa y el sonido del tranquilo oleaje transmitía una gran paz y serenidad. Podía pasarse horas contemplando el horizonte, donde más allá se encontraban lejanas tierras, culturas diferentes y nuevas aventuras que vivir.

   – Si que es bonito, aunque no entiendo tu excesivo entusiasmo. Solo es el mar – dijo sin borrar la sonrisa de su rostro.
  – Puede que para ti solo sea una vez más que ves el mar. Has viajado durante siglos por el mundo, pero yo nunca lo había visto antes – le explicó sonriendo como un niño pequeño –. Solo había escuchado historias y descripciones sobre el, pero ahora por fin puedo ver que no le hacían justicia.

Lucio observó a su compañero con renovada curiosidad. Le parecía increíble que alguien como él aun pudiera emocionarse por cosas tan normales. A veces olvidaba que a pesar de su gran poder, Avalon seguía siendo humano, y por lo tanto, tenía ese mágico don de la curiosidad, la facilidad de maravillarse e ilusionarse con las cosas nuevas que le ofrecía la vida. Esa era una de las facetas que más le fascinaban a Lucio.

   – ¡Vamos a darnos un rápido chapuzón! – grito corriendo a la playa sin esperar su respuesta.
   – ¡Por todos los Dioses, Avalon, espérame!

   Sin percatarse, esbozó una pequeña sonrisa sincera. La primera desde que la guerra terminó. Era curioso como los malos recuerdos habían conseguido ocultar todos los demás. Tal vez no podía desprenderse de la culpa pero ahora veía las cosas con algo más de claridad. Los años que pasaron juntos viajando, aunque pocos, fueron los más felices de su existencia. Estaba seguro de que nunca encontraría a ningún otro ser humano que lo entendiera tan bien como él lo hizo, pero al menos tenía los recuerdos.
   Suspiró con cansancio. Ahora que por fin había parado de caminar y que su mente se encontraba más tranquila, se había dado cuenta de lo agotado que estaba. Su estómago comenzó a rugir y notaba los músculos algo agarrotados después de su eterna caminata. Debía buscar un lugar donde descansar un poco y comer. Aunque su constitución no le exigía esos hábitos tan mundanos, se había acostumbrado a ellos al viajar con Avalon, y a pesar de que tenía más resistencia que un humano, cada cierto tiempo tenía que satisfacer las necesidades de su cuerpo. Echó una mirada hacia abajo, sopesando las posibilidades de poder pescar algún pez. En unas aguas tan embravecidas le parecía impensable de que allí pudiera haber vida. Debía internarse de nuevo en el bosque.

   No se había dado ni media vuelta cuando un agudo grito rasgó el aire.
Todo su cuerpo se puso automáticamente en alerta, atento a cualquier posible ataque. Las puntiagudas orejas de Lucio se movían inquietas, intentando precisar el origen de aquel chillido de terror. No parecía venir de muy lejos, pero desde su posición solo había árboles, sin ningún indicio de peleas o humanos cerca de él. Respiró hondo, relajándose un poco para poder pensar. Entrecerró los ojos y un halo azulado cruzó por sus rasgadas pupilas, permitiéndole ver mucho más allá. Cada árbol, cada roca, hasta la misma hierba del suelo; se transformaron en llamas azules parpadeantes y traslúcidas que le dejaban ver a través de sus formas físicas. Su visión aumento mucho más, consiguiendo ver hasta las llamas que representaban a los pájaros escondidos entre las ramas. Era capaz de ver el Eon de todo lo vivo en el mundo, pero en ese momento buscaba algo en específico. Y lo encontró.
   En lo que parecía un claro del bosque, pudo vislumbrar las sinuosas formas de unos carromatos. Suficientes para ser una caravana. A su lado, los fuegos intermitentes de un grupo de humanos. Brillantes llamas azul turquesa que bailaban en un espacio etéreo. Parecían inquietas, intimidadas por otro grupo de hombres. Pudo ver claramente los retazos de oscuridad que manaba de sus manos. Portaban antiguas armas de metal, hechas por los hombres en la época en que no se tenía el conocimiento del uso de Eon. Asaltantes de caminos, sin duda.
Sin pensárselo dos veces, Lucio comenzó a correr hacia ellos sin perderlos de vista ni un instante. A una velocidad vertiginosa, esquivaba cualquier obstáculo que se pusiera en su camino con una fluidez y una naturalidad inhumanas. Y aquello solo era una pequeña muestra de su poder.

   Paró a pocos metros del claro, recobrando su visión normal y sin un atisbo de cansancio a pesar de la carrera y su maltrecha salud. Se asomó con sigilo por detrás de un árbol para hacer un esquema rápido de la situación.
   Contó unos seis asaltantes. Todos con espadas de metal y vestidos con harapos. Tenían a un buen grupo de rehenes rodeados. Llegó a contar hasta quince, no, veinte personas; la gran mayoría mujeres y niños. Los cuatro únicos hombres estaban tirados en el suelo y atados. Seguramente los habían cogido por sorpresa mientras se preparaban para acampar con la humilde caravana que arrastraban. No parecían comerciantes, así que los asaltantes poco podrían sacar de ellos, debían de estar muy desesperados por conseguir comida y transporte si se habían atrevido a atacar a unos viajeros tan pobres.
   Aquellos hombres no presentaban ninguna amenaza para alguien como él, pero con tantas personas en peligro, debía pensar una rápida estrategia que minimizara los daños. Observó con atención como uno de los asaltantes no dejaba de dar órdenes a gritos y a amenazar a sus propios compañeros para que se dieran prisa en revisar los carromatos. Parecía nervioso, errático. Tal vez se hubiera visto arrastrado a dar aquel golpe guiado por la necesidad. El arma le temblaba en la mano a pesar de que quería aparentar seguridad y fiereza. Si conseguía amedrentar a ese, todos los demás huirían con el rabo entre las piernas.

   – ¡Panda de haraganes! ¡Dejad de rascaros el culo y poneos a trabajar! ¡No tenemos todo el día! – vociferaba el jefe a voz en grito.

   Los hombres lo miraron con ira asesina, murmurando por lo bajo incesantes insultos hacia el hombre que custodiaba a los rehenes atados. Estaban deseando librarse de él pero por ahora, debían acatar ordenes.

      – ¡Apurad u os rajo a todos! – volvió a gritar, apuntándoles con la espada.
    – ¿Por que tanta prisa? – Lucio salió de su escondite, dejándose ver ante los asaltantes –. ¿Acaso pretendéis huir a alguna parte?

   Los bandidos se volvieron sorprendidos ante el nuevo visitante. Se suponía que por esa zona pasaban pocas personas y era impensable que un viajero solitario se atreviera a adentrarse en un camino secundario. Los bandidos comenzaron a murmurar entre ellos pero el jefe no pareció amedrentarse por su presencia. Debía mantener las formas delante de sus secuaces.

  – Vaya, tenemos al héroe del día – se jactó haciéndose el gallito –. ¿Qué crees que haces aquí? Tienes que estar loco si crees que puedes vencerme a mi y a mis hombres.
   – No lo creo, lo sé – afirmó esbozando una sonrisa confiada que mostró uno de sus afilados colmillos –. Será mejor que dejéis a esas personas y retoméis vuestro camino. No quiero haceros daño.
   – Como si pudieras llegar a tocarnos – lo desafió el jefe.

   Una flecha silbó en el aire. Un arquero escondido entre los carromatos había tenido la osadía de intentar un ataque sorpresa contra Lucio, pero él ni se inmutó. Una barrera azulada, hasta el momento invisible, apareció a su alrededor parando el ataque de golpe con la fuerza de un escudo de hierro. Los gritos ahogados de sorpresa no se hicieron esperar.

     – Es un Eonin – murmuraban unos.
     – Estamos acabados. He oído que controlan el poder de los Dioses – susurraban otros.

      Si él solo fuera un Eonin. Pobres ignorantes.

     – Haremos una cosa – dijo en voz suficientemente alta como para que todos le escucharan –. Yo no os haré nada si devolvéis todo lo que le robasteis a estas pobres personas y desaparecéis de mi vista en menos de un minuto.
      – ¡Tu no eres quien para darnos ordenes! – bramó el jefe lanzándose al ataque.

   Lucio suspiró exasperado.
Los humanos tenían cualidades únicas y maravillosas, pero también podían ser muy obstinados y orgullosos. Sabía como lidiar con gente así, pero le sacaba de sus casillas. Con un rápido movimiento de su mano, creó una onda cortante de color turquesa que logró tumbar al temerario jefe de la banda. El hombre cayó de espaldas dejando caer su espada con un gran estruendo que se hizo eco en el tenso silencio del bosque.

   – Tal vez no me haya explicado con claridad – dijo con tono tétrico –. Os quiero fuera de mi vista ¡Ahora!- gritó penetrando al jefe con la mirada.

   El bandido se arrastró hacia atrás unos metros, amedrentado por la mirada asesina que le lanzaba esos ojos brillantes de color sangre. Un escalofrío le recorrió solo de pensar en las dolorosas atrocidades que le haría si no obedecía de inmediato.
   Sin pensarlo ni un segundo, recogió su espada y escapó corriendo hacia la espesura del bosque, seguido muy de cerca por el resto de la banda. Habían enfado al hombre, o más bien al ser, equivocado.

   Lucio suspiró relajando los músculos. No tenía pensado hacerles nada más que asustarlos, aunque ellos llegaran a creer lo contrario. Solo eran unos bandidos de caminos que no presentaban ningún desafío, pero al haber rehenes de por medio siempre había que tener en cuenta los factores de riesgo. Afortunadamente, la gente solía escapar cuando se encontraba con lo más parecido a un hombre lobo que existía en la realidad.
   Observó como las mujeres desataban a los hombres y los abrazaban, exultantes de felicidad de que no hubiera pasado nada malo. Él se quedó a una distancia prudencial, disfrutando de su alegría. Hizo algo bueno por ellos y se sentía extraño. Pensaba que su relación con los humanos había terminado cuando Avalon se fue y que ya no tenía ninguna obligación para con ellos. Claro que cuando dedujo eso, estaba algo borracho de alcohol y de dolor y no había tenido en cuenta su naturaleza, su deber, el motivo por el que él estaba en la Tierra. A veces la ignorancia es un dulce veneno, pero solo consigue que la realidad te golpee con más fuerza cuando te despiertas.
   Hastiado, se revolvió los sucios mechones de su pelo suelto y se dio la vuelta para desaparecer de allí con disimulo. Estaba comenzando a pensar cosas demasiado pesadas para su caótica mente. Además, a Avalon siempre se le había dado mejor las personas que él. No quería tener relaciones con los humanos más que las necesarias. Tal vez, había hablado demasiado pronto.

    – Disculpe, señor... – escuchó que le llamaba una dulce vocecita infantil.

   Lucio miró hacia abajo, encontrándose con una inocente niña pequeña que le sonreía con candidez. Detrás de ella, toda la caravana lo observaba con ojos brillantes, llenos de gratitud y devoción.

    – Muchas gracias por salvarnos – dijo una jovencita.
    – Estamos en deuda con usted de por vida – habló esta vez una mujer haciendo una leve reverencia.
   – Por favor, sería un honor para nosotros que aceptara nuestra humilde invitación para quedarse a cenar – dijo un hombre ya entrado en años. El guía de la caravana lo más seguro.
   – No tienen porque molestarse. Si yo ya continuaba mi camino – intentó excusarse inútilmente poniéndose cada vez más nervioso.
   – Insistimos – dijeron varias mujeres a la vez.
   – Por favor, señor lobo, quédese – la niña que lo había parado le cogió de la mano, empujándole suavemente hacia el grupo.

   Todos se unieron a la insistente petición para horror de Lucio, cuyas quejas y excusas fueron ignoradas hasta que ya no pudieron ser oídas por nadie. 

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